Los comienzos

Extracto de la conferencia dictada por Ezequiel de Olaso: Autopresentación, serie “La Argentina actual, por sí misma”, Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, 1980.

Hacia el año 1964 era bastante claro que las universidades no pensaban seriamente en desarrollar la investigación en temas filosóficos. Las revistas aparecían espasmódicamente, las bibliotecas no se incrementaban al ritmo debido y el espacio físico en que podrían haber trabajado los candidatos era, literalmente, utópico. El Consejo de Investigaciones, por su parte, daba los salarios pero no ofrecía lugares de trabajo, pues ejercía una función complementaria de las universidades.

Hacía años que con un grupo de amigos nos reuníamos en nuestras casas para leer y discutir temas filosóficos. La preocupación por aquellas deficiencias, nuestro deseo de formalizar aún más ese trabajo espontáneo, nos llevó a pensar en la creación de un centro dedicado íntegramente a la investigación en filosofía, sin exclusión de temas. El 1º de mayo de 1965 creamos el CIF Antonio Battro, José Alberto Coffa, Eduardo García Belsunce, Francisco Olivieri, Luis E. Sanchis, Tomás E. Zwanck y yo. Poco tiempo después se ausentaron de Buenos Aires y tuvieron que dejar el CIF Sanchis y Olivieri. Casi simultáneamente se incorporó Rafael Braun, y enseguida Carmen Dragonetti y Natalio R. Botana.
Los comienzos no fueron fáciles. Alquilamos un departamento de dos ambientes en Sarmiento casi esquina Uruguay. Algunos íbamos a la mañana y otros por la tarde. Battro y yo llevamos nuestras estanterías para libros. Entre los socios acopiamos un par de miles de libros y comenzamos a pedir donaciones bibliográficas a los gobiernos extranjeros.

La primera donación que recibimos provino de Alemania Federal. Aún no teníamos la posesión de nuestro pequeño departamento y la ceremonia de entrega de los libros se realizó en el despacho del doctor Bernardo Houssay en el Consejo de Investigaciones Científicas. Poco tiempo después, el doctor Houssay, que era presidente del Consejo, nos visitó en nuestro local de la calle Sarmiento. No escapó a su ojo experto que nos habíamos instalado con gran modestia. La bombita de luz del primer ambiente colgaba de un cable retorcido. Houssay la miró sonriente y nos dijo: “Los felicito. Así se comienza”.
Éramos modestos pero no masoquistas, de modo que continuamos desarrollando planes de investigación asequibles y poco costosos que nos permitieron una expansión natural y controlada.

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Al volver al CIF, después de una breve estadía en Europa, nuestra institución o club comenzaba a incorporar nuevos socios. En efecto, desde 1969 ingresaron Fernando Tola, Osvaldo Guariglia, Eduardo Ellis, Carlos A. Floria, Mario A. Presas, Marcelo Montserrat, Ana María Mustapic, Horacio Reggini y Margarita Costa.

En sus doce años de vida el CIF ha sido mucho más que un lugar de trabajo para investigadores de filosofía, ciencia y humanidades. Recuerdo que cuando fue creado ese pobre club de jóvenes interesados en estudiar recibió algunas criticas severas. Se dijo que constituía una traición a la Universidad, en el mejor de los casos una superposición de esfuerzos. Es curioso el entusiasmo crítico que se desarrolla en la Argentina ante una iniciativa como esa. En vez de transformar a la Universidad en un lugar decente, dotado de las comodidades mínimas para trabajar, se castiga al que hace rancho aparte, y lo de “rancho” casi no es metáfora. Había también en esas censuras cierto explicable despecho: el CIF nació y vivió sin padrinos. Quisimos que su máximo valor fuera la colaboración amistosa y hasta fraternal. La presencia de patrones o, si se quiere, de personas mayores que nosotros, no iba a favorecer ese nuevo espíritu. Acaso nos equivocamos, pero los resultados han sido igualmente óptimos.

Decía que el CIF fue mucho más que un mero lugar de trabajo. En efecto, en estos doce años y medio la Argentina ha pasado por avatares increíbles. Se han sucedido nueve presidentes de la Nación, ha habido todo tipo de crisis políticas y económicas, el mundo de la cultura conoció los previsibles zarandeos entre los extremismos que se han disputado su conducción, y en el orden personal acaso no hubo miembro del centro que no pasara por su hora amarga y hasta sintiera agredida su confianza en nuestra tarea vocacional. En esas alternadas e inexorables crisis íntimas fue cuando todos valoramos hasta su raíz la importancia de nuestra pequeña institución. En ella encontramos todos los días la comprensión y la cordialidad de los amigos, dispuestos a escuchar al infortunado de turno y a prodigarle el consuelo y la cooperación indispensables. Ese calor fraterno, la seguridad de que nuestra tarea se debe hacer todos los días y que en esa continuidad reside su triunfo, fueron los alimentos secretos que nos permitieron trabajar y producir tanto, en medio de un país ensangrentado que se deshacía ante nuestra mirada horrorizada.

La condición para que ese esfuerzo en común se constituyera y se desarrollara a lo largo de los años sin una sola reyerta fue el profundo convencimiento de que fuera de la institución estábamos a merced de las contingencias que incansablemente ha generado nuestra sociedad. También fue importante que el centro jamás diera salario a ninguno de sus miembros. Cada socio tiene en el centro derecho a su lugar de trabajo y también sus obligaciones, entre otras la de pagar sus cuotas. No sólo no nos dio dinero el CIF: muchas veces tuvimos que incrementar nuestros aportes para salvarlo de alguna situación difícil. Y esto se hizo sosegadamente y sin defecciones, aunque me consta que en algunos casos el monto y sobre todo la oportunidad del aporte excepcional fueron particularmente severos para muchos de nosotros.

Debo destacar una característica de nuestra institución, que Battro ha definido muy bien. Estas son sus palabras: “si a pesar de todos los inconvenientes el CIF ha podido desarrollar un exigente programa de investigaciones, ello se ha debido en primer lugar a la independencia ideológica de sus miembros. Cuando los intelectuales son verdaderamente responsables de sus ideas no precisan congregarse por adherir a tal o cual escuela de pensamiento; simplemente cada cual trabaja en profundidad en su respectivo tema con auténtica independencia. Es más, la confrontación de ideas es condición de objetividad y en el CIF el hábito de una discusión racional se ha ido fortaleciendo continuamente en el mayor respeto mutuo”.

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La prueba de que esta institución respondía a una exigencia real no sólo se ha mostrado en su perduración y crecimiento, sino en el valor de ejemplo que ha tenido en Buenos Aires. La Sociedad Argentina de Análisis Filosófico y la sección de Filosofía de la Academia de Ciencias, la primera debida en gran medida a la capacidad organizativa de Eduardo Rabossi, la segunda a la ejemplar inquietud de Eugenio Pucciarelli, son sólo dos hermosas muestras de que el camino emprendido era correcto. Más aún, esas instituciones mantienen entre sí muy cordiales relaciones y están programando reuniones conjuntas que contribuirán, sin duda, a un mejor conocimiento de los trabajos filosóficos de Buenos Aires y todo el interior del país.

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A mediados de 1965 habíamos pensado crear una revista argentina de filosofía que, ante todo, reflejara el trabajo que se producía en el CIF. Un cálculo realista de nuestras finanzas nos aconsejó postergar la empresa. Habían transcurrido desde entonces ocho años cuando me pareció necesario reflotar el proyecto. Con Rafael Braun comprobamos que aunque nuestros medios no alcanzaban para asegurar la publicación normal de la revista, nuestro trabajo académico y nuestras vinculaciones crecientes con otros centros y con otras universidades recomendaban intentar la pequeña hazaña. Enseguida nos dimos cuenta de que sería muy malo que la revista tuviera un director: con nuestro sistema de valoraciones (o desvalorizaciones) no iba a ser la revista tal o cual, sino la revista de Fulano, y esto era exactamente lo contrario de lo que buscábamos. Por otra parte, a Braun tampoco le pareció recomendable que la revista volviera a tener un carácter exclusivamente (o predominantemente) nacional: se trataba de hacer algo más difícil y ambicioso, esto es, una revista latinoamericana. Por último, nos pareció prudente desechar el proyecto de una publicación trimestral y pasar a una frecuencia cuatrimestral, trabajar un año en la organización y al cabo de ese lapso hacer un balance para medir la viabilidad del proyecto. Si no se aseguraba la calidad académica y la puntual periodicidad, si no lográbamos asociar a los mejores filósofos de Latinoamérica, entonces no valía la pena invertir tanto tiempo y esfuerzo.

¿Por qué hacer la revista? Los motivos eran muchos. Por un lado, queríamos mostrar que la filosofía “seria” era una realidad tangible en América Latina. Llamo “filosofía seria” a la que procura justificar de un modo racional las aserciones en que se produce, o al menos intenta apartarse de la divagación conceptual que aflige a las entusiastas y hasta jactanciosas composiciones especulativas en que es rica nuestra historia filosófica. Advierto que ese estilo nuevo no es, en mi opinión, patrimonio de alguna escuela determinada. También advierto que el otro estilo, el que hace del descontrol su mérito, es propio de los dogmatismos, cualquiera sea su color. Invariablemente se formaliza en un discurso que ofrece como único atributo la prepotencia conceptual. Ocurre entonces que sólo tiene efectos corroborativos: convence al convencido. El discurso filosófico se quiebra así en una pluralidad de dialectos. América Latina esta expuesta siempre a esta amenaza y conoce más de una desagradable concreción de ese peligro. Por lo tanto, había que recuperar terreno para el diálogo. Procuramos sustituir la búsqueda de las coincidencias en las conclusiones por la búsqueda de las coincidencias en los argumentos. Incluso instituimos una sección de la revista específicamente dedicada a la discusión.

Que esas previsiones nuestras no eran sueños se advierte por el éxito que ha alcanzado nuestra Revista Latinoamericana de Filosofía. Más allá del intercambio de ideas y la confrontación de convicciones, muchos filósofos latinoamericanos se han conocido a través de la RLF y hasta han estrechado amistades. En esto también ha operado, si no me engaño, una coincidencia generacional. En efecto, algunos filósofos mayores que nosotros sienten —pese a todas nuestras explicaciones— que discrepar, y más aún en publico, es una muestra de escasa urbanidad, un síntoma de intolerancia y de mal gusto, un hábito de conventillo que no debe trasladarse a las costumbres académicas. En estas actitudes espontáneas, completamente francas y, en esa medida, honestas, se advierte el grado de incomunicación en que se ha vivido. Nuestro compromiso, en cambio, no consiste en yuxtaponer artículos, sino en crear (hasta donde podamos) una trama viviente de propuestas racionales, esto es, abiertas a la rectificación y el perfeccionamiento.

Formado el Comité de Redacción, se dividió el trabajo y a mí no me toco el más fácil; yo debía establecer contacto con la mayor cantidad de filósofos presuntamente interesados e interesantes del resto de América Latina y también con los latinoamericanos que residen en Europa y América del Norte. Creo que en tres años no he escrito menos de mil cartas. Finalmente, en diciembre de 1974, cerramos el primer número y lo enviamos a una modesta impresora que empleaba el sistema offset, el único que nos permitían nuestros modestos medios económicos. Tres meses después aparecía el primer número en el que colaboraban doce filósofos latinoamericanos y en el que insólitamente se publicaba en portugués la colaboración de un filósofo brasileño y la respuesta de un connacional de él.

La lectura del primer ejemplar disponible nos dejó consternados: los renglones estaban terriblemente comprimidos entre sí, las páginas no tenían “aire”, en una colaboración se habían ensañado las erratas. Poco a poco fuimos corrigiendo las fallas, pero la tarea no fue grata. Teníamos que improvisarnos en todos los frentes: como preparadores de artículos, correctores de pruebas, interlocutores de locuaces y, a la vez, herméticos imprenteros, vendedores de ejemplares, colocadores de suscripciones y, sobre todo, en las delicadas relaciones con nuestros colegas, no siempre puntuales.

La revista instituyó un sistema de aceptación de artículos que era consecuencia directa de su concepción general. En efecto, lo tradicional en la Argentina era que si una persona enviaba a una redacción un artículo que sus autoridades no consideraban bueno, quedaban abiertos sólo dos caminos: publicarlo o no publicarlo. La RLF pretendió instaurar una política menos islámica, menos fatalista, aunque mucho más laboriosa para su comité y para sus consultores. Si se recibe un artículo que aún no tiene el nivel exigible para ser publicado no debe devolverse sin añadir por escrito un dictamen circunstanciado en el que se expongan con la mayor objetividad los puntos en que a juicio de la RLF debe ser mejorado.

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Gradualmente se ha ido acentuando la tendencia a que los autores mismos nos envíen sus trabajos, sin esperar nuestra convocatoria. Saben que enviarlo no significa que será publicado, pero saben que serán leídos con el máximo de simpatía y de seriedad, y que nuestra carta de respuesta será sincera. En el fondo, es la proyección hacia afuera de una práctica asidua de control mutuo que ejercitamos entre los miembros del comité. A mí me parece muy hermoso que se esté consolidando este tipo de relación entre los que nos ocupamos de filosofía. ¿No es, en pequeño, lo que deseamos que ocurra en todos los órdenes?

Ezequiel de Olaso

Centro de Investigaciones Filosóficas
Miñones 2073
t (+54 11) 4787-0533
C1428ATE Buenos Aires
Argentina
cifrlf@retina.ar

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